La última vez que lo vi fue hace justo 7 años atrás, celebrábamos el 18 de septiembre en mi casa con un grupo de amigos y estaba el, yo con más amor propio que nunca, le dije que estaba cansada, que no quería eso para mi, que creía que merecía más y que lo mejor era llegar hasta ahí. Claro, dije todo eso pensando que algún día lo encontraría afuera de mi universidad con un ramo de flores pidiéndome a gritos volver con el. Ilusa, no fue así.
Si, sí sé que debo dejar de creer que mi vida es una comedia romántica, debo dejar de poner a prueba mis relaciones para ver si lo que tengo es de verdad, debo parar, lo sé.
De ese 18 de septiembre bastaron 7 años para volver a vernos, aun viviendo en la misma ciudad, nunca me lo topé en ningún lado, me tomó 5 de esos años en olvidarlo para que en un sólo segundo volviera a sentir lo que sentí la primera vez que lo ví.
De todas las fondas que hay en viña del mar, de todos los turistas que vienen en estas fechas, de toda la muchedumbre, tuve que verlo, justo tuvo que entrar a la misma fonda que estaba y sentarse en la mesa frente la mía, tuvo que que mirarme con ese pelo desordenado y su sonrisa chueca, justo ese día en que cada uno tomaba un terremoto, un terremoto que sin duda movía nuestros pisos. Tuvo que entrar, tuvo que ser...por qué, por algo fue ¿ no?
Al final de la noche él pidió una réplica y yo también.
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